El mudo
(Daniel y Diego Vega, 2014)
Por: Gabriela Yuliet
En El mudo, una película que podría parecer paradójica por su título, lo que realmente impacta no es solo la trama cargada de humor negro, sino la manera en que revela la ausencia de voz ciudadana.
La historia nos presenta a un juez que, en lugar de ser un orador brillante o un líder carismático, es un hombre timorato y callado, alguien que no habla, sino que es hablado. Esta mudez no es una caída dramática de un gran orador, sino una representación de lo vacío y traumático que es hablar en un mundo donde nadie realmente escucha. La frase "yo sé que usted sabe que yo sé" se repite para subrayar que el juez no sabe nada, y su falta de voz refleja la impotencia de un sistema judicial que ha perdido su poder y su dirección.
El personaje, un juez que simboliza a la sociedad misma, nos muestra una ciudad donde los derechos de sus habitantes han sido arrebatados, y la corrupción reina. La ciudad, pintada con una paleta de colores grises que recuerdan al cielo opresivo de la urbe, se convierte en un reflejo de la ineficiencia y vacuidad de un sistema donde nadie tiene el control real.
Aunque la película logra hacernos reír, lo hace con complicidad, no con el protagonista, sino con los actos transgresores que ocurren ante nuestros ojos, como si fuéramos parte de ese sistema corrupto.
El mudo tiene el mérito de convertir una historia aparentemente simple en una película introspectiva y profunda, que refleja las taras repetitivas de una ciudad atrapada en un ciclo de corrupción, burocracia y vacío.



